Una investigadora de la UPO explica cómo los colores adquieren significados distintos en cada idioma
El azul evoca tristeza en inglés, hambre en catalán y embriaguez en alemán. Olga Koreneva Antonova, especialista en filología alemana de la Universidad Pablo de Olavide, desgrana en un artículo publicado en The Conversation las sorprendentes divergencias que esconden las metáforas cromáticas según la cultura y la lengua que las empleen.
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Un mismo color puede transmitir emociones opuestas dependiendo del idioma en el que se utilice. Esa es la conclusión central del trabajo de Olga Koreneva Antonova, ayudante doctora de la Facultad de Traducción e Interpretación -adscrita al Área de Filología Alemana- de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, que ha analizado cómo las distintas lenguas del mundo recurren a los colores para construir metáforas sobre estados anímicos, conceptos abstractos y juicios sociales. El estudio, divulgado este martes a través de la plataforma The Conversation, recorre decenas de expresiones idiomáticas procedentes de culturas tan dispares como la japonesa, la croata, la punjabi o la tailandesa para demostrar que la relación entre color y significado dista mucho de ser universal.
La lingüística lleva décadas constatando que el lenguaje metafórico constituye una herramienta esencial para nombrar aquello que no se puede tocar ni medir: las emociones, los estados de ánimo, las impresiones subjetivas. Ante la dificultad de definir con precisión sentimientos como la envidia, el miedo o la vergüenza, los hablantes de todas las lenguas acuden a apariencias externas -y los colores figuran entre las más recurrentes- para dar forma a lo intangible. Lo que varía de un idioma a otro no es el mecanismo, sino el resultado: la tonalidad elegida y la emoción que se le asigna cambian de manera radical en función del contexto cultural.
El recorrido que propone la investigadora de la Pablo de Olavide arranca con uno de los ejemplos más llamativos: el azul. En el mundo anglosajón, la expresión to be blue equivale a estar triste; en catalán, blau de fam describe a alguien que pasa hambre; en alemán, blau sein significa estar borracho, y tanto en noruego como en japonés el azul se asocia con la inexperiencia o la falta de madurez. Un único color, cuatro significados que nada tienen que ver entre sí.
Amarillo, rojo y las emociones que cambian de frontera
El amarillo ofrece un abanico igual de heterogéneo. En inglés, to be yellow equivale a ser cobarde, y el farsi comparte esa misma asociación con el miedo. Los germanoparlantes, en cambio, reservan el amarillo para la envidia -gelb von Neid sein-, mientras que en árabe y en portugués brasileño el tono dorado se vincula con la sonrisa falsa, la expresión hipócrita. En croata, la fórmula žuta minuta (literalmente, "minuto amarillo") designa un arrebato momentáneo de locura.
El rojo despliega contradicciones aún más intensas. En rumano, alemán y portugués se emplea para expresar enfado o rabia; en tailandés, turco, polaco y griego describe la vergüenza o el rubor. La cultura china, por su parte, recurre al rojo para hablar de envidia -un matiz que en Occidente suele atribuirse al verde-. Y sin embargo, esa misma tonalidad posee connotaciones marcadamente positivas en otros contextos: en ruso, la expresión красна девица se utiliza para describir a una mujer guapa, y tanto en China como en India el rojo es el color reservado para la ceremonia nupcial de la novia, símbolo de alegría y prosperidad.
Verde, rosa, blanco: de la suerte a los funerales
El verde resulta igual de escurridizo cuando se intenta fijar su valor simbólico. En alemán y en bosnio evoca control y buena suerte, pero en ruso, portugués brasileño y lituano representa la envidia. Los hablantes de hebreo y polaco lo asocian con la ingenuidad, el punjabi lo reserva para la avaricia y en siamés -la lengua de Tailandia- el verde remite al miedo. Un solo pigmento para al menos cinco emociones diferentes distribuidas a lo largo del globo.
El rosa, por contraste, tiende a generar mayor consenso positivo. En turco, la expresión pembe hayaller -literalmente, "sueños rosas"- alude a fantasías bonitas e ilusionantes, y el hebreo emplea una fórmula equivalente -ver algo de color de rosa- con un sentido optimista semejante al que conocemos en español. Es uno de los pocos casos en los que culturas alejadas geográficamente coinciden en la carga emocional de un mismo tono.
El blanco y el negro constituyen quizá el ejemplo más revelador de hasta qué punto la cultura moldea la percepción cromática. En buena parte de Europa, el blanco se asocia con la pureza y la autenticidad -el propio nombre de Bielorrusia significa "Rusia blanca" en el sentido de auténtica o genuina-, pero en China e India el blanco es el color que preside los funerales, justo el papel que el negro desempeña en las culturas europeas. Lo que en un hemisferio simboliza vida y comienzo, en otro acompaña al duelo y la despedida.
Lenguas con solo dos colores y un orden universal
La diversidad no se limita a los significados: tampoco todas las lenguas distinguen la misma cantidad de tonalidades. La investigadora cita el caso extremo de la tribu Dani de Papúa Nueva Guinea, cuyo vocabulario cromático se reduce a tan solo 2 términos: "oscuro" y "claro". Frente a los cientos de matices que maneja la industria textil contemporánea, los Dani demuestran que la necesidad de nombrar colores está lejos de ser un impulso innato e idéntico en todas las comunidades humanas.
Diversos estudios recogidos en el trabajo de Koreneva Antonova han demostrado, además, que el repertorio cromático de los idiomas no crece de forma arbitraria, sino que sigue una secuencia sorprendentemente estable. Primero aparecen los términos para blanco y negro; después, el rojo; a continuación, verde y amarillo -o amarillo y verde-; luego el azul; más tarde el marrón, y finalmente morado, naranja, gris y rosa. Ese orden, documentado en lenguas de todos los continentes, apunta a una base biológica y cognitiva compartida en la percepción del color que, sin embargo, cada cultura reviste con sus propias asociaciones emocionales y simbólicas.
El color como herramienta de marketing
La capacidad de los colores para despertar emociones no ha pasado inadvertida para la industria publicitaria. La investigadora señala que el sector de la moda y la publicidad aprovecha esa predisposición humana hacia los estímulos cromáticos para desarrollar estrategias de marketing cada vez más sofisticadas, ofreciendo prendas en tonalidades cada vez más exóticas y específicas. Nombres inventados para matices que, hace apenas unas décadas, se habrían descrito simplemente como "azul" o "verde" buscan conectar con el imaginario emocional del consumidor y diferenciarse en un mercado saturado.
El trabajo de Koreneva Antonova, en definitiva, pone de manifiesto que los colores funcionan como un espejo cultural: reflejan los miedos, los deseos y los valores de cada comunidad lingüística. Un hallazgo que, más allá del ámbito académico, resulta útil para traductores, publicistas, diplomáticos y cualquier persona que se mueva entre idiomas y necesite entender que, cuando alguien dice "verde", no siempre está hablando de lo mismo.