Alma Serra (UPO): "La conducta de un niño siempre tiene un sentido; el reto es comprender qué nos está diciendo"

Las conductas problemáticas de niños y niñas en el aula no son el enemigo a batir, sino señales que hay que descifrar. Esa es la tesis central del curso Trastornos de conducta en el aula desde enfoques de tercera generación, que ha arrancado hoy, lunes 6 de julio, en la sede de la Universidad Pablo de Olavide (UPO) en Carmona, dentro de la 24ª edición de los Cursos de Verano de esta institución. Lo dirige la psicóloga, antropóloga y docente Alma Serra González, quien defiende que muchas de esas conductas son en realidad estrategias de adaptación ante el estrés, la inseguridad o el sufrimiento, y que exigen comprensión y acompañamiento en lugar de respuestas punitivas.
Serra González sostiene que la educación necesita replantearse ante el aumento de las dificultades emocionales, los problemas de conducta y la creciente complejidad social que llega a las aulas. A su juicio, el punto de partida pasa por cambiar la mirada: "Debemos dejar de preguntarnos '¿qué le pasa a este niño o niña?' para empezar a preguntarnos '¿qué le ha pasado?' y, sobre todo, '¿qué necesita?'. Ese cambio de pregunta cambia por completo la manera de educar". La directora del curso resume esa filosofía con una idea clara: "La conducta de un niño o niña siempre tiene un sentido; el reto es comprender qué nos está diciendo".
El planteamiento entronca con lo que se conoce como "escuelas sensibles al trauma", un modelo que parte de la premisa de que el aprendizaje solo es posible cuando el alumnado se siente seguro. La especialista lo ilustra con rotundidad: "Cuando un niño o niña vive en amenaza constante, su sistema no está preparado para memorizar contenidos; está intentando sobrevivir". Por eso, insiste en que los centros educativos deben ofrecer seguridad, confianza y vínculos sólidos con adultos de referencia como condición previa para cualquier proceso de aprendizaje y desarrollo personal.
Comprender no es justificar
La directora del curso matiza que, pese a los avances en el conocimiento científico, persisten en el sistema educativo enfoques que corrigen la conducta sin atender a las causas que la originan. Frente a ellos, las terapias de tercera generación -marco teórico del curso- buscan entender los procesos emocionales, relacionales y contextuales que están detrás de cada comportamiento. Como resume Serra González: "La conducta no es el problema; es la forma que tiene el niño o niña de expresar que algo no va bien".
La psicóloga deja claro que comprender no equivale a justificar cualquier comportamiento ni a renunciar a los límites. Al contrario, defiende que estos son necesarios siempre que se establezcan desde el respeto, la coherencia y el acompañamiento emocional: "Los niños y niñas necesitan adultos que sepan sostener su malestar sin responder desde el enfado o el castigo".
Otro de los riesgos que señala es el del etiquetado prematuro de niños y adolescentes. Para Serra González, los diagnósticos deben servir como herramientas que abran puertas a apoyos especializados, no que las cierren: "El diagnóstico debe abrir puertas, nunca cerrarlas".
Docentes agotados, escuelas frágiles
El curso no se limita al alumnado. Serra González dedica una parte relevante de su propuesta al bienestar del profesorado, una pieza que considera indispensable para que el modelo funcione. Su argumento es directo: "No podemos construir escuelas emocionalmente saludables sobre docentes emocionalmente agotados".
La pandemia, recuerda, dejó al descubierto la fragilidad del sistema. El reconocimiento social al esfuerzo de los equipos docentes durante aquella etapa fue efímero: "La pandemia dejó una huella muy profunda en la salud de muchos docentes y la sociedad pasó página demasiado rápido". La especialista advierte de que las escuelas no pueden seguir asumiendo en solitario problemas de raíz social: "Las escuelas no pueden seguir siendo el lugar donde depositamos todos los problemas sociales esperando que un maestro o una maestra los resuelva en solitario".
En ese sentido, considera que el debate educativo no debe quedarse en reducir ratios o incrementar recursos materiales -medidas que valora como positivas- y reclama que se devuelva prestigio, confianza y reconocimiento a la profesión docente.
Trabajo interdisciplinar y familias
Ante la creciente complejidad de las aulas, la directora del curso propone incorporar de forma estable a psicólogos, trabajadores sociales, educadores sociales y terapeutas ocupacionales en los centros educativos. "Educar es demasiado complejo para hacerlo en soledad", argumenta, defendiendo un modelo basado en el trabajo interdisciplinar.
Serra González también insiste en la colaboración con las familias, desde un diálogo respetuoso que comprenda sus dificultades sin que la relación derive en un juicio: "La escuela no puede convertirse en un tribunal que juzgue a las familias, pero tampoco puede renunciar a seguir ofreciéndose como espacio de encuentro".
La emoción como base del aprendizaje
El enfoque que vertebra el curso cuenta, según su directora, con el respaldo de la neurociencia, la teoría del apego, la investigación sobre trauma y la psicología contextual. "Hoy sabemos que las personas aprenden mejor cuando se sienten seguras", afirma Serra González, que recalca que "es imposible educar sin emociones" y que la clave reside en decidir desde qué emociones se quiere enseñar: desde el miedo y el castigo, o desde la seguridad, el vínculo, la confianza y los cuidados.
La regulación emocional, añade la especialista, no es una capacidad innata, sino que se aprende a través de la relación con otros. "Un adulto regulado ayuda a regular el sistema nervioso del niño o de la niña", sostiene, subrayando la importancia de la corregulación en el día a día del aula.
Serra González cierra su intervención con un mensaje dirigido a las administraciones educativas: "Cuidar la educación pública es cuidar la salud pública. Y cuidar la educación empieza por cuidar a quienes sostienen cada día nuestras escuelas". La propuesta concreta pasa por invertir en tiempo para la coordinación docente, el descanso emocional y el trabajo conjunto entre profesionales.