Investigación andaluza reduce de 12 a 4 años el desarrollo de fresas más sabrosas y resistentes al clima
Un estudio liderado por la Universidad de Málaga y el Instituto de Hortofruticultura Subtropical y Mediterránea 'La Mayora' ha descifrado cómo el entorno y la genética determinan el sabor del fruto, abriendo la puerta a variedades mejor adaptadas al calentamiento global.
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El tiempo necesario para obtener una nueva variedad de fresa podría pasar de entre 8 y 12 años a solo 2-4 años gracias a un trabajo científico impulsado desde Andalucía. La investigación, publicada en la revista Food Chemistry, ha logrado identificar los factores genéticos y ambientales que condicionan el sabor, el aroma y la calidad del fruto, lo que permitirá emplear marcadores moleculares en programas de mejora asistida e identificar dianas para el desarrollo de variedades capaces de resistir los efectos del cambio climático.
El proyecto, financiado por la Consejería de Universidad, Investigación e Innovación de la Junta de Andalucía, el programa de Investigación e Innovación Horizonte 2020 de la Unión Europea y el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, ha sido llevado a cabo por un equipo de la Universidad de Málaga y del Instituto de Hortofruticultura Subtropical y Mediterránea 'La Mayora' (IHSM-UMA-CSIC). Sus conclusiones resultan especialmente relevantes para Andalucía, donde la provincia de Huelva concentra una de las principales producciones freseras de Europa.
Los investigadores analizaron simultáneamente cuatro variedades de fresa -Clery, Frida, Gariguette y Sonata- cultivadas en cinco países europeos: Noruega, Alemania y Polonia (en campo abierto) e Italia y Francia (en túneles de polietileno). El objetivo era medir cómo reacciona cada variedad ante condiciones climáticas y de cultivo dispares, y los resultados confirman que el entorno y su interacción con la planta son factores determinantes en el desarrollo y crecimiento del fruto.
El clima marca el sabor
Una de las conclusiones más destacadas del estudio es que las condiciones ambientales y el tipo de cultivo modifican hasta el 30% del perfil metabolómico de la fresa, es decir, del conjunto de sustancias químicas que definen sus propiedades organolépticas. La interacción entre la genética de cada variedad y el entorno en el que crece presentó, además, cambios que rozan el 18% de ese mismo índice.
El trabajo desvela un patrón claro: el clima cálido y las altas temperaturas aceleran la maduración y acortan el desarrollo del fruto, lo que incrementa su acidez. Las temperaturas suaves, en cambio, favorecen la acumulación de azúcares y compuestos aromáticos, mejorando el sabor. La fecha de cosecha, por el contrario, apenas influye: su efecto y su interacción con los factores del cultivar y el entorno representan menos del 5% de la variabilidad en sabor y aroma.
El equipo investigador destacó que "el hecho de que las variedades no se comporten igual en distintos ecosistemas nos proporciona información clave para acelerar la mejora vegetal. El desarrollo de una nueva variedad de fresa por métodos clásicos lleva entre 8 y 12 años; con selección asistida por marcadores moleculares y tecnologías actuales como la edición de genomas, este plazo puede reducirse a 2-4 años, ahorrando además costes a los agricultores".
Compuestos clave del aroma y el sabor
Entre las sustancias que se mantienen estables independientemente del entorno de cultivo, los investigadores identificaron tres compuestos esenciales: la sacarosa, el linalol y la γ-decalactona, responsables del aroma y el sabor característicos de la fresa. Sonia Osorio, experta de la Universidad de Málaga y coautora del trabajo, explicó que "estas moléculas influyen en el metabolismo de compuestos importantes de este fruto ligados directamente con su perfil sensorial, su olor y su gusto".
Actualmente, el equipo trabaja en la medición de los compuestos volátiles que emite el fruto con el fin de potenciar su dimensión sensorial y hedónica, una línea que busca garantizar que las futuras variedades combinen calidad organoléptica, estabilidad y capacidad de adaptación.
Técnicas avanzadas para un genoma complejo
La fresa cultivada es una especie octoploide, lo que significa que contiene ocho copias de su genoma. Esa complejidad dificulta enormemente su estudio y mejora genética. Para afrontar el reto, los investigadores recurrieron a técnicas que miden conjuntos masivos de información biológica molecular -ADN, ARN y metabolitos- y aplicaron modelos matemáticos avanzados. Entre las herramientas empleadas destaca la prueba PERMANOVA, una técnica estadística diseñada para manejar la enorme cantidad de variables implicadas.
José G. Vallarino, investigador del IHSM 'La Mayora' y coautor del estudio, señaló que "esta combinación nos ha permitido integrar grandes volúmenes de datos biológicos y predecir el comportamiento de la fruta en distintos escenarios climáticos". Patricia Pacheco, investigadora especializada en biotecnología vegetal de la Universidad de Málaga, añadió que "el volumen de datos con el que trabajamos es masivo. Hablamos de gigabytes y terabytes de información del perfil genético de la fresa, que con el uso de tecnologías avanzadas nos permite superar estas limitaciones".
Este enfoque sienta las bases para futuros modelos de aprendizaje automático e inteligencia artificial aplicados a la mejora vegetal, una vía que podría acelerar aún más la obtención de variedades adaptadas a las condiciones climáticas cambiantes.